Mi Primera Vez

Era lunes en la noche, día de trabajo para muchos y de sándwich para otros. Como buena persona de la clase obrera, me tocó trabajar ese día. Para sentirme menos mal por ser una de las “afortunadas” fui a festejar el cumpleaños de una amiga.

Todo pintaba bien: disfrutaba de los últimos capítulos de la teleserie de moda, tomaba una rica once en compañía de mi hermana mientras hablábamos de los sucesos del día, llega mi pololo para terminar el cuadro y, después de un pequeño rato, partimos los tres rumbo al cumpleaños.

Al llegar, nos encontramos con un pseudo-amigo (de esos que con suerte alguna vez saludaste, pero pasado el tiempo y al encontrártelo, conversas con él como si siempre hubieran sido amigos) que hace tiempo que no veíamos. Venía acompañado de su señora y de la panza de ella con 8 meses de embarazo.

Cuando nos dispusimos a tomar el ascensor, la cosa tomó otro color… era demasiado pequeño para soportar a las 5 y media personas. Para mi tristeza, mi pololo tuvo que quedarse abajo. Entramos los restantes y en pleno piso 3 pasó lo que no me esperaba: se detuvo. Sí, tal cual se lee. El maldito ascensor decidió que también quería hacer sándwich y se negó a seguir funcionando.

Nos quedamos ahí encerrados los 4 y medio mirándonos con cara de “y ahora?…”. Mi hermana claustrofóbica se portó de lo mejor y ni pistas dio de estar alterada. La señora con la panzota tampoco. Yo como que no podía ser menos y me dedicaba a seguir las tallas. Había una lucha por ver cual de los 4 celulares funcionaba mejor mientras mi pseudo-amigo no dejaba de tener su dedito en medio del bendito timbre del ascensor (aunque no debe haber sido muy “bendito” para los que escuchaban el ”$&•$&#@” ruido), el que representaba nuestra única medida de salvación.

Yo mientras jugaba con mi celular, lo único que pensaba era: “¿y como estará él?”, “¿estará muy preocupado?” y seguía insistiendo con la llamada ayudadora. Tenía unas ganas de gritar “¡Sáquenme de aquí!” a lo más película gringa. Pero no me daban muchas ganas de alterar a la señora de la guata y provocar un parto adelantado en los solo 30 cms2 que nos quedaban libres. Muy valiente yo… no iba a ser la única que hiciera el ridículo si las dos más afectadas estaban de lo más tranquilas.

En eso, al ascensor se le ocurre que para hacer mejor su huelga, no tenía por qué gastar electricidad, y por lo tanto, dictatorialmente, apagó las luces…

Ahora no jugábamos a llamar por teléfono. Jugábamos a usar los celulares de linterna. Bueno, para algo que sirvan. Mi mente vagaba… “¿Por qué diantres no me quedé con él afuera?”, “¿Estará todavía esperando abajo?”, “¿Estará buscando a los bomberos para que saquen de una vez a su amorcito de este terrible encierro?”, “¿Me echará mucho de menos?” (nada que hacer, a uno le sale lo cursi en los peores momentos)…

Segundos después (obviamente, para mi fueron interminables minutos), empezamos a escuchar voces por todas partes. Nosotros decíamos “¡Estamos en el piso 3!”. Se nota que alguien se pone a jalar el ascensor. Tal vez algún macho recio de 2 metros quiera demostrar sus portentosos músculos y está llevándonos manualmente hacia arriba… Bueno, en esa situación, uno piensa cualquier cosa… ¡El ascensor de repente mágicamente se abre!… y se cierra así de rápidamente de nuevo… estábamos en medio de la nada y por lo tanto la nada misma se sacaba abriéndolo… Por fin, después de muchas voces (que todavía no tengo la más mínima idea de que era lo que nos decían… y tampoco si nos hablaban a nosotros…), ruidos raros, pasos de escalera, tensión mía y varias emociones más, el ascensor sube y se abre por fin en algún piso desconocido. ¡Qué me han dicho! Nada de señora con guagua ni hermana claustrofóbica, salté (no se le puede llamar de otra forma…) hacia fuera lo más rápido posible y ni miré en que piso estaba. Sólo sé que apenas pude, tomé la escalera con alegría y subí los X pisos lo más célere que mi sedentario cuerpo me permitió. Llegué al departamento de mi amiga bendiciendo las escaleras y jurando nunca más subir en un ascensor.

Por supuesto, mi pololo ya estaba ahí. Yo desesperaba por preguntarle como se sentía, y él, con una cara de lo más tranquilo me dijo “cuando escuché el timbre subí a avisar”… ¡y ni carita de susto ni pena tenía!

Reflexión: Pasada la emoción del primer momento, se me ocurrió reflexionar las múltiples caras que pudo haber tenido ese primer encuentro. Tal vez, si yo me hubiese quedado abajo y me hubiese quedado encerrada con mi pololo tendría un matiz completamente distinto… Y a ti, ¿con quien te gustaría quedarte encerrado/a en un ascensor?

 

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